Conjugaciones del ser y estar

July 14, 2005

Article published in La Gaceta de Cuba, La Habana, Cuba julio 2005

En un almuerzo con Alicia Puñales, exvicerectora docente del Instituto Superior de Diseño Industrial, actual profesora del ISDI –y una de mis madres para más señas– me enteré de que los Camaleones habían concedido una entrevista donde anunciaban que los diseñadores “somos una raza un poco rara”. La expresión me pareció tan incómoda en su ambigüedad, que cuando Pepe Menéndez me dijo que La Gaceta de Cuba dedicaría un dossier al diseño, sentí “el entusiasmo mismo” –citando a Codina– de expresar algunas ideas al respecto.

No estoy a favor ni en contra de sus declaraciones. Aplaudo a los Camaleones, su entrega, compromiso y permanencia. Representan mucho de lo que soy y quiero ser. Sólo tomo el titular de la entrevista como pretexto para polemizar acerca de la carrera que compartimos, definida –en parte– desde sus múltiples indefiniciones.

Resulta inquietante percibir como la ambigüedad sigue siendo una de las variables más determinantes en la forma de afrontar la problemática del diseño cubano. La ecuación diseño/arte sigue siendo una enigmática división por cero. El conflicto de ser artista o no, trasciende la necesidad de autodefinición y clama por ser enfrentado, sino resuelto de una vez, por el bien de una profesión que tanto ha hecho por la cultura cubana.

Con la reestructuración de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba se ha puesto en tela de juicio la pertenencia del diseñador a sus filas. Si la decisión excluyente parte del criterio de que no somos artistas, es hora de revisar tal criterio y su alcance.

Partamos del hecho de que éste es un concepto fomentado por el Instituto Superior de Diseño Industrial. Importado desde las corrientes de diseño internacionales de la época en la que fue creado, notoriamente influenciado por la visión técnica de la arquitectura, y los no menos ponderables 80. No creo que los padres fundadores del diseño cubano hayan reparado en tales disquisiciones epistemológicas a la hora de crear sus carteles, rótulos, grafismos publicitarios y propagandísticos. De hecho –a juzgar por el excelente dibujo de Conrado Massaguer y García Cabrera–, se debieron considerar artistas gráficos y sus producciones hacen innegable la existencia de muy buen diseño, mucho antes de que el ISDI soñara ser y estar.

Al Instituto Superior de Diseño Industrial, por sus bonanzas y aguaceros, dediqué (dedicamos Laura Llópiz y yo) nuestra tesis en el 2000. Le debo al ISDI ese despertar que toda universidad propicia: la universidad camino, herramienta y actitud; a pesar de la inercia incomprensible y las carencias materiales inevitables.

Cuando salí de La Habana, la vieja polémica de si el diseño es arte o no, se resolvió de la forma más insospechada. Cinco años de debate postergado respecto al somo´o no somo del diseño cubano acabaron con un ARTISTA en altas todas y 12 puntos en la Courier New de mi pasaporte. A un año de este suceso aún recuerdo la impresión que me causó. Recuerdo a los profesores del ISDI propiciando el debate y arribando a la conclusión inmediata de que no lo éramos; lo curioso es que no recuerdo el debate mismo. Siempre fui un estudiante militante, preguntón, contestatario; pero también respetuoso y acatador.

La primera vez que en el aula escuché “el diseño no es arte”, hicieron tal énfasis en el “no” que me hizo dudar. Claro, que en ese momento me acababa de bajar del tren espirituano para estudiar en La Habana y asumí tamaña definición como una más de las leyes de la Gestalt. En mis primeros años de estudiante aún se podía respirar el hálito a realismo socialista que enfocaba la política del Instituto hacia “crear lo útil”. Y al parecer, tomaron al pie de la letra la sentencia wildeana donde todo arte es completamente inútil. De este modo, la creación enfocada tomando en cuenta la perspectiva artística era considerada un amaneramiento de las leyes de la forma.

Toda universidad es laboratorio con reglas pedagógicas que rigen la instrucción. Por lo tanto, es comprensible que hacer ver los límites entre arte y diseño (realmente existentes o no) figurara como estrategia educativa en la definición del perfil profesional del iniciado. Pero, ¿cuáles son las consecuencias de esa formación? Un profesional –mejor capacitado de lo que valoramos– manejador de softwares, excelente hacedor de formas, pero con un gran desconocimiento del universo cultural que lo rodea.

Siempre tuve la impresión de que el ISDI era una “Universidad” al margen de “La Universidad”. Su subordinación al Ministerio de Economía y Planificación, en vez de al Ministerio de Educación Superior, la admisión mediante rigurosas pruebas de aptitud, la carrera misma y su escasa matrícula te hacían sentir especial, único, elegido. Por suerte la vida real –afuera– se encarga de reubicar nuestras concepciones.

En agosto del 2000, recién graduado, un golpe de azar me hizo caer en la redacción de esta revista de la mano de Roger Sospedra, un egresado del 95. El Gacetón me obligó a leer antes de diseñar, y recuerdo que una vez, ante la lectura de un poema incomprensible que arrancó los mayores elogios del editor, Roger me miró y me dijo: “Niñate, no sabemos nada de poesía”. Esa frase, elevada a un plano metafórico, sentó de golpe mi infinita ignorancia y mi total desconocimiento de la cultura que latía fuera de los muros rosados de Belascoaín.

Dos años más tarde, en el Departamento de Diseño de la Casa de las Américas, constaté que existían dos campos bien delineados en el diseño gráfico cubano: los del ISDI, profesionales calificados por la universidad cubana de diseño, y las vacas sagradas, incunables exponentes de la más comprometida tradición gráfica cubana. No he conocido institución cultural con tanto respeto hacia el diseño gráfico como la Casa. Sólo en ella las generaciones de diseñadores cubanos se integraban armónicamente, y nos hacían sentir continuadores, herederos, seguidores. En los dos años en los que habité el edificio de 3ra y  G percibí –como en ninguna otra parte y Pepe Menéndez mediante– que allí sí sabían cómo aprovechar las herramientas del diseño, cómo integrarlo a la creación colectiva, cómo hacer tanto con lo mínimo –y hacerlo bien por demás.

Es cierto que el éxodo de muchas de estas figuras y la tecnología que desvinculó a otros tantos de los que continuaron en ejercicio, acentuaron la brecha entre los diseñadores cubanos de hoy y la tradición del diseño gráfico en Cuba. Pero es responsabilidad del Instituto Superior de Diseño Industrial –como única universidad de diseño del país– fomentar el conocimiento y el ejercicio del respeto a esa tradición. ¿Por qué el ISDI no potenció más el conocimiento de éstas personalidades a las jóvenes generaciones? Sólo vi a un seudo presente Rostgaard en mis clases de cartel y a un relegado Villaverde de los otros tantos que aún quedan; y que, aunque no estén, ahí está su legado.

Autodidactas en su mayoría, representaban para el ISDI un elemento disociador. Evidenciaban que se puede ser buen diseñador sin la academia. Sus prácticas seudoartísticas, manufacturadas, tecnológicamente desactualizadas, vinculadas a veces con un pasado comercial políticamente incorrecto, convertían a “los de la vieja guardia” en opacas divas de un pasado rutilante y ajeno. El recelo por una “peligrosa” contaminación artística proveniente de sus influencias creo que bloqueó puntos de encuentro claves entre la enseñanza del diseño gráfico actual y la Cultura Cubana, de la que fueron hacedores.

Aunque existía una asignatura en los años finales de la carrera con ese nombre, no era suficiente. La cultura cubana no se enseña en un par de semestres. La cultura es un ente vivo, poliédrico, indefinible. La cultura se aprehende desde las interacciones. Desde el diálogo con los que nos antecedieron. Desde el café con el estudiante de Letras, futuro autor del libro cuya portada diseñemos. Desde el debate con el artista plástico del ISA, cuya ilustración emplearemos en la próxima revista. Desde la discusión con el historiador de arte y su visión de los procesos culturales.

A figuras como Adelaida de Juan, con sus estudios de la caricatura cubana; Luz Merino, del Museo Nacional de Bellas Artes, especialista en revistas republicanas; Jorge Bermúdez y sus estudios de cartel desde la Cátedra “Conrado Massaguer”, de la Universidad de La Habana, entre otros, los vine a conocer mucho después. Cuando debieron estar y ser parte de nuestra formación. De forma tal que los actuales diseñadores de productos culturales no sintiéramos esta carencia de raíces, esta ausencia de referentes literarios, este desconocimiento de quienes habitan los escenarios del arte, esta ignorancia respecto a los debates sobre nación, diáspora, insularidad; temas que –pensarán algunos– sólo son terreno de intelectuales. Pero si éstos son definidores de nuestra identidad, ¿quién puede dudar de nuestro nivel de compromiso con respecto a la conformación de la imagen de la nación?

Es cierto que la Universidad del Diseño Cubano no sólo se encarga de graduar “diseñadores para la cultura”, pero si vamos a los hechos, cada vez son más los profesionales del diseño que incursionan en el diseño gráfico; y una vez en este campo, el terreno cultural es una fuente de inagotable demanda de sus servicios. Por otra parte –y tal vez la más importante–, la integración de los procesos culturales a la formación de los jóvenes diseñadores garantizaría la retroalimentación, interacción y complementación de una enseñanza académica verdaderamente revolucionaria, en un país donde cultura, política e ideología son hebras del mismo haz.

Cuando pretendí ser profesor del ISDI, otro golpe de azar [Juliana] alejó de mí la oportunidad histórica de saldar las deudas con la Universidad y la profesión que amo. Años más tarde me di cuenta de que al lugar donde fuiste feliz no debieras tratar de volver, al menos no tan pronto. Ser parte en aquel momento hubiera sido un error. Había que rodar un poco, equivocarse, aprender fuera de la academia. Interactuar. Ser juez, ahora, no creo que se contraponga a la inmensa gratitud hacia mis maestros, si es el perfeccionamiento de la formación del diseñador la piedra angular –a mi modo de ver– para su inserción en el corpus de la cultura cubana, en el momento en que es cuestionada tal posición.

Mucho ha llovido en estos veinticinco años de ISDI. Los planes de estudio han cambiado, la enseñanza del diseño se han desarrollado, pero aún quedan claras evidencias de una visión tecnicista a la hora de lidiar con aquellas prácticas que rozan “lo artístico”.

Especialidades como Cartel e Ilustración son vistas como un ejercicio “otro”, más cercanas al arte. Materias importantes para la formación integral del estudiante, pero ajenos a la aséptica creación de identidades corporativas, animación de personajes, tipografías, redacción de mensajes. Todo creado bajo un riguroso estudio del receptor del mensaje y su apetencia.

El Instituto basó las fronteras entre el diseño y el arte a partir de la ausencia de estilo en el diseñador, y no es cierto. Un ojo entrenado puede discernir ciertas preferencias tipográficas, ciertas combinaciones cromáticas que se repiten, aliteraciones de los procesos creativos. Nos dijeron que el diseñador no tiene inspiración y realmente, qué artista la tiene por estos días. El concepto de Arte, el hecho artístico y sus escenarios, son un continuo Big Bang en expansión.

El estudiante de diseño cubano siente una inculcada apatía medular hacia el arte. Los “elegidos” que incursionan en la ilustración asumen su labor como “descarga”, restándole seriedad al asunto. Se expresan en creaciones colectivas que disfrazan la individualidad. Hay un temor al ridículo si asoma la pretensión del arte en la ordenada propuesta. Pero esto no es lo peor, lo peor es el silencio acerca de estos procesos. Los diseñadores no escriben, no teorizan, no publican –incluso para equivocarse. Por tanto, no figuran en el universo intelectual. Sólo el Gran Arquitecto del Universo –como diría mi abuelo masón- sabe lo mucho que me han costado estas líneas.

De existir la figura del diseñador crítico de diseño, de seguro se consideraría un diseñador mediocre dentro de un gremio que en su mayoría considera que “una imagen vale mas que cien palabras”. Curiosamente, las pocas tesis “teóricas” que recuerdo fueron de excelentísimos diseñadores. Marcial Dacal con su Diseño y poesía, relevante análisis para los cuadrados 80; y la de Khiustin Tornés y Alier García a finales de los 90. No se cómo le fue a Marcial con su tesis, pero sí me constan los avatares de Khiustin y Alier para que su trabajo de diploma fuera considerado de “rigor académico”. Cuando el Instituto Superior de Diseño Industrial pretenda publicar sus memorias va a tener que recurrir a los historiadores del arte –teóricos por excelencia.

Si el diseño es arte o no, no tengo aun las armas para definirlo; a cambio, me sobran inquietudes. He conocido excelentes diseñadores sin ningún problema en verse como artistas. He hablado con otros que se consideran poetas visuales. Desde mi perspectiva, no me considero como tal y lo atribuyo –sin rencores– a la formación que recibí. Sólo que fue fortuita la manera en que llegué a ser parte de ciertos procesos y entidades culturales que tanto marcaron mi visión acerca del mundo y, sinceramente, creo que la Universidad debería acercarlos al estudiante en formación sin temor de “desvirtuar” su política institucional. Al final, que cada cual elija la postura con la que más se identifique.

Considero que hay algo en la espontaneidad de la creación artística que no se aplica a la producción del diseñador. Una suerte de funcionabilidad que el arte no precisa necesariamente y el diseño sí, en mayor o menor medida. El diseñador siempre ofrece “soluciones” que requieren de una demanda, de un previo contacto con una entidad solicitante –porque el compromiso con la cultura demuestra que no todos son “clientes”. El más bello cartel o la mejor ilustración son “respuestas” que complementan un estadio o producto previo, anterior.

Una vez le dije “maestro” a Frémez en la puerta de la UNEAC y me miró atravesado, pues sospechaba un tono de burla en mi saludo. Con el tabaco de medio lado me soltó: “Deja eso para los artistas y no me jodas, que tú sabes que los diseñadores no creemos en esa mierda”.

Creo en la transparencia del diseño, en la invisibilidad de sus hilos, en la ética que opaca el ego del creador ante la solución oportuna. Creo en el diseñador que al ilustrar no se “inspira” en la anécdota; que se esfuerza en encontrar lecturas paralelas; crea tensiones dramáticas; juega, complementa la visión del autor. Creo en el que –ante una revista– administra el grito de la página, crea conexiones y contrapunteo en los artículos ante la ilustración que le concede. Creo en el profesional que hace de la limitación tecnológica un recurso expresivo. Negocia con el editor la eficacia de un título, lee, propone, cede y cierra.

La musa del diseño sabe de matemáticas y de poesía. ¿O qué es un cartel sino una metáfora elaborada a partir de sutiles algoritmos de asociaciones y pesos visuales? En el racional terreno de la identidad corporativa, ¿no es la síntesis del isotipo una calculada esencia de lo que intenta representar? Y en la tipografía ¿no es la estructura de una “g” bodoniana un acto de milimétrico balance, belleza y armonía?

¿Esto convierte la musa del diseño en una musa artística? Dejo a otros la definición. Creo que la clave de toda esta polémica está en la defensa del derecho a la hibridez. Algunas veces figuro como director de arte en determinados proyectos, como editor gráfico en otros. Sinónimos elaborados para una nomenclatura menos rimbombante: diseñar. Me gusta pertenecer, ser parte, estar en medio de la discusión, ofrecer soluciones, integrarme; emplear las herramientas del arte y las matemáticas y ser definidamente híbrido. De no ser así, nuestra profesión quedaría en un plano superficial, cosmético, operario, cuando en realidad el buen diseño es estructura.

Hablemos, polemicemos, unámonos y pongámosle punto y coma a las posibles “rarezas” de nuestra raza. La ambigüedad sólo contribuye a excluirnos y dividirnos. ¿O es que acaso pasó el momento de marchar en cuadro apretado como la plata en las raíces de los Andes?

Carlos Zamora

Quito, Ecuador, junio del 2005

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